Archivo de la categoría: Los infinitos monos

“Los infinitos monos” es el título de esta historia sin final que cualquiera puede continuar a su gusto. Las únicas reglas son: 1) lo que se escriba debe tener coherencia con respecto a lo anteriormente escrito; 2) no se pueden escribir más de 5 líneas por turno; 3) no se puede escribir en dos turnos seguidos; y 4) en cada turno debe aparecer en la historia un nuevo mono.

Los infinitos monos (12)

Pero de pronto una flecha pasó a pocos centímetros de la oreja izquierda de Krysztofsky y se clavó en un castaño de indias que había enfrente. El maltrecho doctor se giró y vio como una horda de nativos del pueblo del que había huído había conseguido dar con él siguiendo su rastro y se lanzaban a prenderlo con gritos de a por él. A escasos 100 metros consiguió distinguir a un pequeño primate que lo señalaba desde la cabeza del que con toda seguridad, era el alguacil del pueblo. A su lado corría desmelenada Dolores la de la tintorería.

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Los infinitos monos (11)

… relación de éste con el hombre y el medio al que pertenece? ¿Existe el mono como hecho constitutivo? Y si es así, ¿qué relación guarda ese mono con él? Siendo tal el “estado de cosas”, Krysztofsky llegó a la conclusión de que quizá hubiese sido mejor para él haber nacido con un sistema excretor de doble sentido, así en este momento podría estar disfrutando del horrendo falo del mono en lugar de delirar con galimatías que complicaban su situación más si cabe.

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Los infinitos monos (10)

… abatido por las circunstancias y tratando de recuperar el rumbo de su huida, si es que alguna vez lo tuvo. Las dudas lo corroían. ¿Sería acaso posible concebir al mono como entidad más allá del espacio y del tiempo como categorías a priori de la sensibilidad humana? ¿Se encuentra en la palabra mono la esencia del ser mono? ¿No sería todo aquello un engaño de los sentidos perpetrado por el Gran Sanchís, demiurgo cruel y manipulador del pueblo que ahora lo perseguía? Nunca debió aceptar la…

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Los infinitos monos (9)

Krysztofsky musitó para sus adentros que las pretensiones del mono nunca habrían llegado a buen término ya que el sistema excretor del Doctor estaba ingeniosamente diseñado en un solo sentido (hacia afuera). Esto mismo, que en otros momentos delicados de salud llegó a suponerle sufrimiento (ya que su ano cerraba las puertas a los supositorios -y similares- prescritos por el galeno de turno), era, empero, una herramienta de protección contra los ataques sodomitas como el pretendido por el mono. Aún así, Krysztofsky quiso hacer valer su gran habilidad, desconocida por muchos, de poderse obstruir el ano con su ilustre dedo gordo del pie izquierdo.

Y con la venia de los monosjueces, el Doctor se puso de nuevo en marcha…

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Los infinitos monos (8)

En efecto: el ilustre dedo gordo del pie del Doctor protegía su sagrado agujero. En un rápido movimiento se había retorcido ágilmente, introduciendo el dedo a tiempo para evitar el repugnante pene de simio. Luego realizó una hábil torsión de su otra pierna con un movimiento de tijera, y lanzó al aire el cuerpo del mono, que acabó con su miembro clavado entre las amapolas, con el resto del cuerpo colgando en un precario equilibrio que tenía algo de pértiga a punto de quebrarse. Desde una mesa cercana, tres monos-jueces dieron la máxima nota a la acrobacia.

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Los infinitos monos (7)

Pero no pudo, pues esa figura simiesca que se aproximaba no era otra cosa que un mono narigudo, muy conocidos por tener un gran olfato y por el tamaño de su miembro olfativo. Estas cualidades, sobre todo la primera, hicieron que el simio percibiera la presencia de Bartlomiej Krysztofsky, abalanzándose sobre él con la intención de sodomizarlo ya que, debido a la respiración de tanta amapola, le confundió con una hembra de su especie. Mas cual fue su sorpresa, la del mono, al ver que el agujero que se disponía a tapar ya estaba tapado.

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Los infinitos monos (6)

En su precipitada huida, el doctor acabó hallándose en medio de un campo de amapolas, espacios terminantemente prohibidos en la región, por tratarse esta flor de un potente opiáceo. ¿Quién sería el responsable de aquello? De repente, divisó en lontananza una simiesca silueta que se dirigía haciendo aspavientos hacia donde él se encontraba. “Dios mío, otro más no, por favor”, pensó. Y, cansado de seguir huyendo hacia Dios sabía dónde, se tumbó boca abajo entre las amapolas, tratando de pasar inadvertido.

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